La culpa es del profesor de Música. Y el de Literatura.

Siempre diciendo que hay que buscar el por qué de todas las cosas. Que hay que llegar hasta el fondo. Que cada gesto, cada palabra, todas las miradas significan algo más allá de lo perceptible y hay que saber llegar hasta ello. Entender todos los detalles, y así poder interpretarlos. No conformarse nunca con lo que se ve, ni dejar las cosas a medias.
Hay que verlo todo. Saberlo todo. Todas las razones, todos los por qués. Y se supone que así será más fácil vivir. Tendremos todas las respuestas.
Pero, ¿y qué pasa cuando esas respuestas duelen? Cuando no son como deberían ser y entonces se crea esa estúpida realidad sublime, con sus estúpidos sentimientos ineflables y tú no sabes dónde cojones meterte. ¿De qué te sirve saber todos los por qués si no te dejan vivir? ¿Si te hacen infeliz a cada paso que das? ¿Dónde queda lo absurdo de la imaginación? ¿Qué ha sido de la intuición? ¿Por qué todo lo que hay a nuestro alrededor es pura razón? ¿Dónde queda lo bonito de lo inútil?
Pero lo peor de todo es que nosotros mismos lo buscamos. El por qué de todo, cualquier razón. Tenemos esa ansiedad, querer saberlo todo. Aún sabiendo que dolerá, que será un paso hacia atrás. Aún así no podemos controlar ese irracional deseo de racionalizar. Es algo que todos hacemos. Después está la gente que se deja consumir por la aflicción, y la que se deja guiar por la intuición.
Ahí es donde se decide tu vida, la de verdad.