Tal vez pasar página es tan aterrador cómo estar enamorada.
La noche anterior estaba borrosa, había espacios en blanco y momentos que sabía si fueron realidad o un sueño. Le dolía la cabeza, pero no recordaba haber bebido tanto. Pero mientras miraba hacia atrás, repasando todos sus movimientos de la noche, sólo podía ver una cosa: vacío.
Caminaba sin destino ni dirección, como cada vez que había decidido salir de sí misma en los últimos meses. Pero aún así en ningún momento se preguntó si había sido un error, no dudó ni se arrepintió de haber salido.
Entonces se dio cuenta de que el suyo no era un vacío gris como lo suelen ser todos. Era diferente, era rojo. Rojo como la sangre, como un día lo fue su pelo. Era divertido, era un vacío que cada día se llenaba de una cosa diferente. Pero lo más importante, descubrió que no estaba vacía, sino que simplemente se había vuelto independiente.
El miedo que había sentido se volvió absurdo al ver que se debía a la falta de experiencia, ya que nunca antes había ido de fiesta así. Sabiendo que él estaba a tan sólo unos metros de ella y no queriendo hacer nada para hacerlos desaparecer. Bebiendo por pura diversión, y no queriendo asustar a la vergüenza; sabiendo que no haría nada de lo que arrepentirse a la mañana siguiente. No importándole si lo hacía. No entendía por qué no necesitaba mirarlo, por qué no quería saber de él. No estaba segura de lo que estaba haciendo ni por qué. El hecho de no necesitar pensar en él se anulaba a sí mismo. La diferencia era que, esta vez, no le importaba.