Eran esos escasos instantes de la vida, en que dos personas coinciden en el epicentro de algo mucho más grande que ellos, algo que no conocen ni son capaces de explicar.
Me explicaré,
se trataba de su risa.
Cuando sonreía se le achinaban los ojos. Y lo mejor de todo es que no tenía absolutamente ni idea de que para mi aquello era una de las mayores maravillas de este universo. Contestaba las preguntas. Ataba los cabos. Simplemente, era la razón perfecta para perder la razón y abandonarse a la levedad de la vida y sus inquietantes momentos de infinita e inesperada felicidad.
Así, que, por supuesto, yo le dejaba hacer todo aquello, y le sonreía bien fuerte, para que le doliese alguna parte del alma. Para que, (y me aseguraba bien de ello) él nunca fuese capaz de olvidarse de mí.
Yo siempre acababa buscándole en canciones.Ya era tarde para un comienzo lejos de su lado.
Yo sostenía en mi memoria pedacitos importantes de vivencias con él, atormentando a las fieras que en nuestros corazones descansan. Siempre buscándonos las cosquillas y los miedos, yo atesorando sus sonrisas y él mi voz.