No quiero verle, no le odio, pero no quiero verle.
Supongo que aún no lo he superado del todo. Porque cada vez que lo veo no puedo evitar pensar en él, en mí, en lo que me hizo, lo que nos hicimos. No me entristece, no lo echo de menos, no me da asco. No siento nada y eso me duele más que si lo sintiera todo junto. Se lo ha llevado todo, incluidos los buenos recuerdos. Y ya no tengo nada a lo que aferrarme, nada que verifique el hecho de que él formó parte de mi vida una vez, y fue maravilloso. Nada que demuestre que lo quise con todo lo que soy, y que el me rompió una y mil veces después. Ya no es nadie y verlo sólo me recuerda lo fácil que es perder a las personas que más quieres.Lo fácil que es dejar de necesitarlas. Todo lo contrario de lo que se suponía que sería. Y me duele, un dolor que me desgarra por dentro. Porque ya ni las lágrimas salen, aunque las empuje. Sólo se quedan ahí, en mis ojos, sin intención de caer.