Yo he vuelto, pero mi vida sigue divagando por ahí.

Hasta que por fin me decidí. Me costó pero por fin acumulé el valor necesario para mirarlo a la cara. Porque eso es lo que se supone que es lo correcto, mirar el problema a la cara; incluso cuando no es tu problema. Tiene gracia. Se supone que la culpa es mía por ser la víctima.

A veces la gente prefiere negar la realidad antes que afrontar sus errores. Nadie dijo que eso sea justo, pero tampoco que no lo sea. ¿Qué opción me queda?

Seguir la corriente, ser igual a todos los demás. ¿Y todo para qué? Para continuar con mi aburrida vida de siempre. Para no estar sola, no: para no sentirme sola. Porque cuando decides querer a alguien, te la juegas desde el principio. Sabes que en cualquier momento, cualquier error, por absurdo que sea, puede mandarlo todo a la mierda. Pero ése solo es un riesgo más de todos los que corres cuando te la juegas por alguien.

Y, ¿qué se supone que haces cuandos juegas y pierdes? O mejor, cuando otros deciden que has perdido.

Es entonces cuando te arrastras, cuadno te humillas e incluso cosas peores; sólo porque quieres a alguien por encima de tu orgullo e incluso, de ti misma.

Y es en ese preciso momento, cuando te humillas, cuando lo has perdido todo.
Pero, o por suerte o por desgracia, aún puedes recuperar. Recuperar a esa persona por la que has arrastrado, recuperar tu vida aburrida de siempre o incluso, recuperar tu orgullo.
Finalmente, por suerte o por desgracia, te das cuenta de que valió la pena.