Si me quedo quieta, tiritando de frío,
si me limito a observarte,
si no despego los labios,
si no quiero decir nada,
será porque me he dado cuenta de que en el mundo las cosas funcionan de otra manera, que no hay nada que yo pueda hacer para cambiarlo, porque yo no pertenezco a él, y no voy a entenderlo.
Y aunque ahora, frente a ti, permanezca fría, muda e inmóvil,
después, cuando te hayas marchado, cuando ya no estés, acabaré mirando el reloj, como las otras veces. Contaré los segundos, y como de costumbre, seguiré esperando. Pensaré que quizá sea hoy, o quizá mañana... pensaré que llegará el día en que no solo yo quiera estar contigo. Que en algún momento el resto del universo, con sus devenires extraños, también estará de acuerdo.
Me consumiré en las ganas de deshacerme en tu boca al final del día, y maldeciré al destino.
Cuando te hayas ido, maldeciré al destino, maldito destino, que me condujo a esta noche helada, a esta noche de invierno en otoño, a esta noche... sin ti.