El primer día que entraste en tu clase, no podías creer que eso fue lo que te iba a tocar aguantar todo el año. Suspendías y echabas la culpa a la mierda de clase que te había tocado, deseabas que acabara ya para no tener que seguir soportando ese circo. Estabas de vacaciones, feliz sin tener que ver todas esas caras todos los días, sin echar nada en falta. Y cuando tocaba, tus ganas de volver a entrar en esa clase eran 0 y descendiendo.
Y todo era horrible porque tú deseabas que lo fuera, porque no prestabas atención a todas las risas que toda la gente de la que tanto te quejabas te habían causado, porque no valorabas lo que ellos hacían. Porque sólo veías lo malo, porque preferías darle más importancia a otras cosas que en realidad sabías que no la tenían. No te diste cuenta de que cada momento junto a ellos iba a ser único, e irrepetible; de que un año como el que estabas viviendo no iba a repetirse jamás.
Y ahora te arrepientes de no haber aprovechado todos y cada uno de los días que pasaste a su lado. De no haber sonreído cuando en el fondo querías hacerlo. Te arrepientes de no valorar sus palabras como debiste haberlo hecho, de haber dejado que otra gente les quitara la importancia que ellos merecían en tu vida. Porque si lo piensas bien, ellos son los únicos que realmente nunca te han hecho daño. Daño de verdad, de ese que te consume y te hace desear desaparecer. Porque el máximo dolor que te causaron fue romper una lata de Pringuels, o esconderte el estuche.
Ahora que sabes que se acabó, que nada volverá a ser igual, es cuando te das cuenta de que ellos son tu vida, de que los quieres como si fueran de tu propia sangre. Te das cuenta de que no quieres que nada cambie, que ellos estén ahí para siempre, sacándote sonrisas con chistes tontos. Ahora es cuando te das cuenta de que todos los defectos no son nada comparados con sus virtudes. Te das cuenta de que te gusta como eres cuando estás con ellos, que eres tú misma y eso nadie más lo consigue.
Ahora sí, siempre 3ºB.