¿Sabes esa sensación que te invade cuando recuerdas un día y no lo haces por nada en concreto? No por que fuese 13 o 25, un sábado o un lunes, tuvieses que ir a una fiesta o a un examen… sino porque una frase, una persona o una imagen quedaron grabadas a fuego en tu memoria.
Un día cualquiera de un mes cualquiera en un mediocre año cualquiera, alguien –que pudo haber sido mi madre, mi profesora de Lengua o amigo de mi padre– me dijo una frase que nunca olvidaré y que de golpe le dio sentido a todas las preguntas que llevaba haciéndome desde muchos años atrás.
“En una obra de teatro, lo más difícil es representar el papel de una persona normal y corriente”.
Nuestra vida es una obra de teatro tan larga como los años que nos mantengamos en pie en este loco mundo. Está plagada de personajes, miles de personajes, unos más importantes que otros. Llena de escenas alegres, dramáticas, locas, a menudo inesperadas, llenas de ira y rabia. Pero quizá lo más difícil de conseguir en la vida es ser alguien mediocre, con una existencia sin altibajos, días que se suceden uno tras otro en la más absoluta serenidad, apacibles en todos los sentidos. Sin decepciones, sin enfados, sin remordimientos, sin insultos y sin traiciones; sin desamor, sin malestar, sin dolor.
¿No es tan cierto como cruel? Tendemos a pensar que todos a nuestro alrededor son normales y corrientes, insignificantes pero a la vez necesarios y queridos. Y nosotros solemos tener nuestra propia versión desdibujada en la que nos representamos como el centro de la cruel, maldita e injusta realidad que nos rodea, siempre fuera de lugar, siempre infravalorados y con cientos de aspectos de nuestra personalidad que nadie se atreve a descubrir (ni tiene intención de hacerlo).
La vida es una historia abrupta y sin sentido en la que ser normal es, probablemente, la meta más complicada que podemos proponernos alcanzar.
En ese caso, ¿quién demonios puede mantenerse cuerdo entre tanta locura?