—El problema aquí lo tienes tú. Te gusta demasiado controlar a los demás.
—Ah, no sabía que ahora yo tenía un problema —dejó la taza de café sobre la mesa con tanta brusquedad que el contenido fue derramado. Él apartó la mano cuando algunas gotas le quemaron—. Eres absurda.
—Sí, por supuesto, pero no por lo que tú piensas —espetó, entrecerrando los ojos sobre él—. Aunque ese no es el problema aquí. Lo que ocurre es que he dejado de bailar al son de tu canción, y eso te jode, ¿verdad? Te molesta que, por una vez en la vida, alguien no te haga caso y cumpla tus deseos. Por eso estás reaccionando de esa forma.
Él apretó los labios, y ella sonrió con tristeza.
«Por supuesto que es eso, no esperes otra cosa» pensó con tristeza, eliminando cualquier esperanza que hubiese albergado con anterioridad.
—En fin, no sé qué más hago aquí. Estoy mejor sin ti.
—Claro que no. Tú no sabes vivir sin que otra persona te cobije, estúpida. ¿Qué piensas que harás cuando salgas por esa puerta?
—Algo que no he conseguido a tu lado: respirar y caminar.
Y, con esas palabras golpeando con saña a su contrario, abandonó la habitación sin mirar atrás.